Como decíamos ayer...

Palabras de Hernán Biscayart durante el acto por el vigésimo aniversario de la promoción 1983 del CNBA

"Como decíamos ayer..." podría empezar estas palabras, pero eso significaría mentir, pues nada podíamos decir hace veinte años. Veinte años ya han pasado por nuestras vidas y por la vida de nuestro país. En esos veinte años vimos nacer y morir esperanzas de cambio en la Argentina que parecen tibiamente resurgir en los días que estamos viviendo. Nos fuimos de esta casa espantados y esperanzados a la vez. Muchos no volvieron hasta el día de hoy, y algunos no lo volverán a hacer. Pido para ellos un recuerdo, haciendo un momento de silencio en su memoria.

Muchos de quienes formamos esta promoción fuimos ilustres desconocidos para otros, hasta que tomó cuerpo la idea de este reencuentro. En estos veinte años vimos cambiar también el mundo, no siempre en el sentido que hubiéramos deseado. Cayó un muro, el que dividía una ciudad, y acaba de caer otro muro, el que dividía al turno mañana del turno tarde. Hace cinco años intentamos hacer una reunión como ésta, y algunos acudieron al llamado, pero otros jamás lo recibieron. La tecnología nos ha permitido vencer barreras, pero en honor a la verdad ya había agujeros en la pared a través de los cuales algunos lograron comunicarse entre sí, aunque no lo suficiente como para que todos nos reconociéramos como "hermanos en el aula y en la vida".

Aquí estamos, quizás saldando una deuda con nuestro pasado, habiendo poco a poco salido de la cápsula en la que cada uno de nosotros estaba, labrando su futuro profesional y familiar. Todos hemos empezado a mamar aquí aquello que nos iba a permitir sortear escollos, primero en las diversas facultades y luego en la vida laboral. Aquí aprendimos los secretos de la navegación por mares borrascosos en los que a veces nos esperaban temibles monstruos dispuestos a devorarnos, en algunos casos en el sentido literal de la palabra.

Vivimos aquí una etapa sobre cuyo carácter nefasto nunca se dirá lo suficiente. Fue un horror en miniatura, pero horror al fin. Los tiranos de opereta que ocuparon los más altos sitiales de este lugar proclamaban a los cuatro vientos estar limpiando este Colegio de "elementos contrarios al Ser Nacional". Muchos de sus esbirros, dotados de singular fervor pseudomístico, se tomaban muy en serio la tarea. El año pasado hemos leído un libro que debería estar en todas nuestras bibliotecas, un libro que no pudimos escribir nosotros, pero que dos jóvenes egresados hicieron posible: La Otra Juvenilia. Más de uno de nuestros antecesores en las aulas y los bancos de los diversos claustros se agraviaron de lo allí expuesto, creyendo quizás que lo que sucedía era que simplemente se estaba restaurando un orden que nunca debió haberse perdido.

Puede discutirse si la grandeza de este Colegio es obra de algunos de sus egresados que ocupan lugares destacados en la ciencia y alguna vez hasta en la vida públca del país, o de quienes aquí trabajan, dando su poco o mucho saber. Sin duda que quienes aquí estamos hemos puesto lo nuestro, y con creces, y muchos de aquellos docentes, sin proponérselo quizá, generaron en nosotros un profundo rechazo al conformismo y a la suficiencia que emanaba de quienes enarbolaban un mérito que no les pertenecía. Entre otras consignas de la época, inscriptas todas en carteles con impecable y severa letra de molde, podía leerse: "Mejorar lo nuestro para ser los mejores". Es mucho el trabajo que tenemos que hacer para mejorar lo nuestro, sin que eso nos garantice ser los mejores. ¿Mejores en qué? Nunca se nos dijo, y preguntarlo hubiese sido un acto suicida.

En todo proceso educativo el alumno es el sujeto de su propio aprendizaje. Aquí hemos vivido una deformación de ese concepto, pues se nos transformó en objetos del adoctrinamiento ajeno. Cada uno de nosotros tiene mucho que decir en ese sentido. Seguramente todos tenemos a mano alguna anécdota de lo sucedido con tal o cual profesor, con tal o cual preceptor, pero no es eso lo que quiero recordar ahora. Ya tendremos tiempo de hacerlo dentro de un rato.

Pero como de recordar se trata, podría remitirme a la vuelta de Martín Fierro, cuando se reencuentra con sus hijos y cada uno le cuenta su historia. El relato del pasado permite recuperar esa vivencia que se revela compartida:

Es la memoria un gran don
calidá muy meritoria
Y aquellos que en esta historia
sospechen que les doy palo
sepan que olvidar lo malo
también es tener memoria

La periodista Gabriela Cerruti -alguien que pertenece a nuestra misma generación- escribió hace algún tiempo una carta cuyos destinatarios podríamos ser cualquiera de nosotros, hablando sobre nuestros hermanos mayores que creyeron en determinadas utopías y sobrevivieron al desastre: "Nos dicen que somos cínicos porque no entendemos nada, porque nacimos en un tiempo horrible, porque no vimos nada de lo que había que ver. Vaya confusión. Somos cínicos, si querés ponerle ese nombre, o somos críticos y desconfiados frente a las verdades absolutas, como prefiero decir yo, no porque no hayamos visto nada, sino porque vimos demasiado. (...) Si ellos necesitaron todo este tiempo de la nostalgia para mantenerse vivos, nosotros necesitamos de la memoria para seguir adelante".

Y pese a todo intentamos seguir adelante, librando cada batalla cotidiana aquí o peleando contra el desarraigo afuera, y sobre todo luchando contra el olvido, imaginando que eso se convertirá algún día en energía creadora que se transmitirá a través de cada uno de nosotros, tal vez sin ser protagonistas de ninguna revolución pero sin sentir vergüenza de nosotros mismos.

Muchos de los aquí presentes tienen hijos en edad escolar, y alguno ya está empezando a dar sus primeros pasos en estos claustros. Tratemos de no cargarlos con nuestra pesada mochila. Ellos tendrán que hacer su propio aprendizaje, en un tiempo tan diferente y a la vez no poco semejante al que nos tocó vivir. Ya no podemos decir, como creía Cané, que "los éxitos todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los años primeros", y si ellos sucumben ante la soberbia de creer que todo se lo sabe por estar aquí dentro, tendrán que aprender de los fracasos para a su vez construir su propia historia.

Como en los tiempos de Cané, hoy se necesitaría un nuevo Jacques, no dotado de los atributos típicamente positivistas y hoy algo envejecidos que él enunciaba, "fe en la ciencia y en el progreso humano", sino con algo más que eso: la capacidad de innovar y de descubrir que las tradiciones son sólo historia, y no algo que condiciona nuestro presente y nuestro futuro. Exijamos la profundidad conceptual, sin duda, pero también estemos a la altura moral de esa exigencia, siendo padres, profesores o autoridades. Nada más. Muchas gracias.

Hernán Biscayart

12 de septiembre de 2003